
«Y tú no quieres perder el óbolo que voy a darte —pensó Morosini—. Es comprensible.»
—No se preocupe. Seré más silencioso que un fantasma —prometió.
El capuchino se santiguó y abrió la pesada puerta que daba acceso a las sepulturas imperiales.
Con el sigilo de un gato, Aldo bajó hacia la necrópolis de los Habsburgo. Pasó sin detenerse por delante de la primera rotonda, donde destacaba la emperatriz María Teresa, madre de la reina María Antonieta, y llegó a la segunda, dedicada al emperador Francisco II, que descansaba allí, rodeado de sus cuatro esposas, entre su hija María Luisa, la olvidadiza esposa de Napoleón I, y su nieto, el Aguilucho. La tumba de este príncipe francés, nombrado duque de Reichstadt a causa del odio de Metternich, se veía desde lejos y no se podía confundir con ninguna otra gracias a los numerosos ramilletes de violetas, frescas o secas pero casi todas adornadas con cintas con los tres colores de Francia, que cubrían el ataúd de bronce.
Y ahora, que tu Alteza duerma es preciso,
alma para quien la muerte es una curación,
que duerma en el fondo de la tumba, en la doble prisión
de su ataúd de bronce y de ese uniforme...
Duerme, no siempre miente la leyenda;
un sueño es menos engañoso a veces que un documento.
Duerme. Tú fuiste ese joven y ese Hijo aunque digan...
Ésa era la forma de rezar de Morosini.
El silencio envolvía el panteón bañado de luz gris, ese «trastero de reyes» en el que se amontonaban ciento treinta y ocho difuntos. Morosini, atrapado por la atmósfera, estaba a punto de olvidar que no se encontraba solo cuando un ligero ruido le llegó de la parte moderna de la cripta, donde dormían Francisco José, su encantadora esposa Isabel, asesinada por un anarquista italiano, y su hijo Rodolfo. Había sido un sollozo. Aldo se acercó con mucho cuidado para no revelar su presencia y vio a la mujer.
