
Alta y delgada, cubierta por un velo de crespón que le llegaba hasta los pies, permanecía de pie delante de la tumba en la que acababa de depositar un ramo de rosas, llorando con la cabeza inclinada y la cara entre las manos. ¿El fantasma del Dolor, o el de Sissi, que, según sabía Aldo, una noche, poco después de la muerte de su hijo, había hecho que le abrieran ese panteón para tratar de rescatar a Rodolfo del reino de los muertos?
Consciente de que espiar esa tristeza era una gran indiscreción, Morosini volvió sobre sus pasos con más precauciones aún que a la ida. Arriba se encontró de nuevo con el capuchino, que esperaba plácidamente con las manos metidas en las mangas, y no pudo evitar preguntarle si conocía a aquella dama tan impresionante.
—Entonces, ¿la ha visto?
—Sí, pero ella a mí no.
—Mejor. Es verdad que es impresionante. Incluso para mí, a pesar de que ya la he visto en varias ocasiones.
—¿Quién es?
Morosini se disponía a contribuir más a la comida de los pobres, pero el monje no aceptó.
—Ignoro quién es, créame. Sólo nuestro reverendo padre abad conoce su nombre. Lo único que sabemos nosotros es que le ha concedido una autorización que le permite venir cuando quiere. Y no es muy a menudo. En lo que a mí respecta, la he recibido dos veces.
—Tal vez se trate de algún miembro de la antigua Corte o incluso de la familia imperial.
Pero el capuchino no quería decir nada más y se limitó a mover la cabeza; luego, inclinándose ligeramente, se alejó para volver a su puesto.
Aldo se quedó unos instantes dudando. Deseaba seguir a la dama de negro a fin de averiguar, por pura curiosidad, dónde vivía. Su instinto le decía que allí había un misterio, y a él le encantaban los misterios.
