¡Sobre todo cuando tenía que matar el tiempo! De modo que decidió ir a arrodillarse ante el altar mayor para rezar una corta oración y fingió prolongarla hasta que sus oídos captaron el ligero ruido de la puerta guardada por el monje: la desconocida acababa de aparecer. Morosini esperó sin moverse a que ella estuviera a punto de salir; luego, tras levantarse, hizo una rápida genuflexión y se dirigió a la salida haciendo menos ruido que un elfo. Hasta el extremo de que sobresaltó al capuchino vigilante, que ya no se acordaba de él y se disponía a cerrar la capilla.

—¿Todavía está usted aquí?

—Perdone. Estaba rezando.

Se despidió rápidamente y salió de la iglesia justo a tiempo para ver a la dama enlutada montar en una calesa con la capota subida que se puso en marcha inmediatamente. Por suerte, la circulación del atardecer no permitía al caballo ir deprisa y las largas piernas de Morosini no tuvieron demasiadas dificultades para seguirlo.

Fueron por Kaërntnerstrasse en dirección a la catedral de San Esteban, pero giraron en Singerstrasse y luego en Seilerstätte, para entrar finalmente en Himmelpfortgasse tras dar un rodeo injustificado —la iglesia de los capuchinos no estaba lejos— que había dejado sin aliento al perseguidor y hecho seria mella en su humor. Sin embargo, su curiosidad prevaleció al ver que el vehículo cruzaba el portalón del palacio Adlerstein, llevándolo al lugar al que no quería volver.

¿Qué significaba aquello? ¿Albergaba la anciana condesa a una amiga, a una pariente? Dada la fortuna familiar, la hipótesis de una inquilina era muy improbable. Y evidentemente ella no podía ser el fantasma de la cripta, que poseía la silueta y, sobre todo, los andares ágiles y rápidos de una muchacha. Pero, entonces, ¿quién podía ser esa criatura cuyas largas faldas parecían de la generación anterior? En Viena, la modernidad en las costumbres y en el vestir no había adquirido su derecho de ciudadanía, pero así y todo...



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