
Agazapado en la sombra de una puerta cochera, enfrente del palacio, Aldo tuvo que dominar su temperamento latino para no ir a tirar de la campanilla de una casa que se había vuelto misteriosa. Habría sido una estupidez; si le abría el personaje con el que había hablado un rato antes, lo tomaría por un loco, un grosero o un espía. Además, no brillaba ninguna luz tras las altas ventanas de una casa tan silenciosa que Aldo acabó por preguntarse si no habría soñado. No tenía nada que hacer allí, de modo que era preferible marcharse. Por otro lado, el reloj lo informó de que le quedaba el tiempo justo de volver al hotel, cambiarse y comer algo antes de ir a la Ópera. Con las manos metidas en los bolsillos, echó a andar bajo la lluvia.
Dos horas más tarde, enfundado en un traje confeccionado en Londres que hacía plena justicia a su cuerpo atlético, el príncipe Morosini subía con su paso indolente la magnífica escalera de mármol del Staatsoper, considerado en Austria la obra maestra de la cultura nacional. El esplendor de ese monumento, encargado por Francisco José, permanecía intacto. Los mármoles italianos y el oro de los candelabros brillaban bajo la luz opalina de los globos de cristal. Todo parecía igual que antes. Las mujeres, con vestidos largos, lucían pieles caras y joyas admirables, aunque no todas eran absolutamente auténticas. Muchas eran bonitas, con ese encanto tan peculiar de las vienesas, y muchas también recorrían con una mirada risueña la figura del visitante extranjero, que se permitió el placer de observar a algunas de ellas.
Reinaba esa noche un ambiente festivo para escuchar El caballero de la rosa, obra reciente pero muy admirada de Richard Strauss, que figuraba desde que había sido compuesta, en 1911, en el repertorio de la Ópera, dirigida por este mismo autor. Un célebre director de orquesta alemán, Bruno Walter, iba a dirigir a dos de los mejores cantantes de la época: Lotte Lehmann en el papel de la maríscala y el barítono Loritz Melchior en el del barón Ochs. Una verdadera función de gala que presidiría el canciller Seipel en persona.
