Una acomodadora vestida de negro, con un ramillete de cintas en el moño por todo adorno, abrió ante Morosini la puerta de un palco de primera fila. Sólo lo ocupaba un hombre al que Aldo no reconoció enseguida. Vestido con un traje negro impecable, estaba sentado en una de las sillas tapizadas en terciopelo de cara a la sala, de donde subía el habitual murmullo de las conversaciones sobre el confuso fondo musical de la orquesta afinando sus instrumentos.

Aldo sólo vio al principio una cabellera plateada lo bastante larga para cubrir el cuello y peinada hacia atrás, y un vago perfil del que no distinguió más que el cristal de un monóculo alojado bajo un arco ciliar. El ocupante del palco no se volvió y, como el acostumbrado bastón con empuñadura de oro parecía ausente, Morosini se preguntó si no habría cometido un error al pensar que se encontraría con su extraño cliente. Pero el equívoco sólo duró un instante.

—Pase, querido príncipe —dijo la voz inimitable de Simon Aronov—. Soy yo.





2 . El caballero de la rosa



Morosini estrechó la mano que le tendía su anfitrión y tomó asiento en la silla de al lado.

—Habría sido incapaz de reconocerlo —dijo con una sonrisa admirativa—. ¡Es asombroso!

—¿Verdad? ¿Cómo está, amigo mío?

—Si se refiere a mi salud, es excelente, pero mi estado de ánimo no es tan bueno. A decir verdad, me aburro, y es la primera vez que me pasa.

—¿Quizá sus negocios ya no son tan prósperos como antes?

—No, en ese aspecto todo va a pedir de boca. Creo que lo que pasa es que le echo a usted de menos. Y también a Adalbert. Desde finales del mes de enero, no he tenido noticias suyas.



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