
—Eso quiere decir que la suerte no lo abandona. Un trabajo excelente, amigo mío. Y ya no cabe ninguna duda: la dama vive en casa de la condesa.
—Antes de ese encuentro, había intentado hacerle una visita, pero en estos momentos no está en Viena. Parece ser que un accidente la retiene en otra de sus propiedades.
—No tiene importancia. Si esa mujer se aloja en su casa, es posible que sea pariente de ella. En cualquier caso, la seguiremos a la salida del teatro. Tengo un coche.
El entreacto estaba acabando. Las luces se apagaron. Los dos hombres se callaron, pero Aldo, si bien continuó disfrutando de la música y sus intérpretes, apenas prestó atención al escenario. Con o sin gemelos, su mirada buscaba sin cesar la figura altiva, a la vez discreta y fastuosa, en la que sólo la joya parecía vivir como una estrella en la noche.
Cuando terminó el segundo acto, con una verdadera explosión de alegría reforzada por un fascinante ritmo de vals, la sala aclamó en pie a los artistas, pero Aldo, absorto en su contemplación, no se movió.
—¡Levántese, vamos! Haga lo mismo que los demás —le susurró Aronov, que aplaudía a rabiar—. Va a atraer la atención sobre nosotros.
El príncipe se estremeció e hizo lo que le decían, aunque señaló que en el palco de enfrente aplaudían, sí, pero sin aspavientos.
Este segundo descanso era más breve que el primero. Los espectadores se desplazaron menos. Los dos hombres reanudaron la conversación, pero ahora era Morosini el que estaba ensimismado.
—¿Por qué llevaba esos velos de luto esta tarde? ¿Por qué lleva esta noche esa verdadera máscara de encaje? ¿Qué es lo que esa mujer quiere ocultar?... A no ser que desee atraer la curiosidad, intrigar, en cuyo caso lo consigue de maravilla.
—Yo también pensaba eso antes de que me contara lo de la cripta. Pero ahora intuyo que hay otra cosa. Si le he entendido bien, esa mujer lleva luto por el archiduque que se suicidó en Mayerling, y eso sucedió hace casi cuarenta y cinco años. ¿No le parece demasiado tiempo?
