
—¿Será su viuda?
—¿Estefanía de Bélgica? Imposible. Es una anciana que volvió a casarse en 1900 con un húngaro y de la que no sé muy bien qué ha sido. Esta es mucho más joven. Además, tiene un porte señorial, cosa que no posee la pobre princesa.
—¿Y su hija? Creo que tiene una.
—La archiduquesa Isabel, convertida en princesa Windischgraetz, podría corresponder por la edad, pero no es ella. Resulta que la conozco.
—Entonces, ¿una fanática? ¿O quizás una loca? No, su calma no encaja con esta última hipótesis. En cualquier caso, no explica por qué oculta su rostro.
—A lo mejor es fea... o está ajada. Muchas bellezas más o menos célebres han optado por cubrirse así, y destierran los espejos para no ver reflejada en ellos su decadencia.
—En fin, con velos o sin ellos —dijo Aldo—, si está seguro de que el ópalo es el que buscamos, habrá que abordarla.
—Yo juraría que sí, aunque no entiendo por qué el águila de diamantes brilla sobre el pecho de una desconocida. La archiduquesa Sofía se lo regaló a su nuera con motivo del nacimiento de Rodolfo, seguramente para completar el aderezo que le dio para la boda.
—Parece sencillo. Usted ha dicho que las alhajas privadas fueron vendidas en Suiza. Esa pieza debió de comprarla la dama en cuestión.
—No. No formaba parte del lote.
Durante el tercer acto, Morosini concedió más atención al espectáculo. La belleza de Lotte Lehmann y su voz sobrecogedora actuaban sobre él como un hechizo. Su compañero también estaba atrapado, y cuando arañas y candelabros se encendieron entre un entusiasmo llevado al límite, se dieron cuenta de que el palco de enfrente estaba vacío. La desconocida y su escolta se habían esfumado antes de que terminara el espectáculo. Morosini se lo tomó con filosofía.
