—Es un fastidio, desde luego, pero no una catástrofe, porque estoy seguro de que la mujer de la cripta y la del palco son la misma persona.

—Esperemos que no se equivoque.

Una vez que el obispo-canciller se hubo marchado, la sala se vació. Aronov y su compañero fueron a buscar al guardarropa el uno una cálida pelliza y el otro la amplia capa forrada de satén que siempre llevaba con el traje. Morosini vio reaparecer entonces el bastón con empuñadura de oro.

—¿Le llevo en coche? —propuso el primero—. Tenemos que seguir hablando.

—Me alojo aquí al lado, en el Sacher. Ir en coche sería vergonzoso. ¿Por qué no viene a cenar conmigo, querido barón?

Simon Aronov se echó a reír, mientras que su único ojo de un azul intenso —el que albergaba el monóculo debía de ser de cristal— chispeaba de malicia.

—Le intriga mi título, ¿eh? Pues es auténtico y tengo derecho a utilizarlo. En cambio, el apellido que pongo detrás no es el mío. Cambio a menudo de aspecto. La sociedad de aquí me conoce por el nombre de barón Palmer... y acepto encantado su invitación.

Para sorpresa de Aldo, Aronov ordenó al chófer del largo Mercedes negro que se acercó que no lo esperara y volviese a casa.

—Voy a cenar con un amigo —dijo—. Frau Sacher se encargará de que me pidan un coche de punto.

Luego, pasando su brazo libre por debajo del del príncipe, añadió:

—Después de una cena en el establecimiento de Frau Anna, siempre me ha gustado volver a casa en coche de caballos. Recuerda el pasado.

—Aquí nunca está muy lejos. Los austriacos permanecen fieles a sí mismos bajo cualquier régimen.

Los dos hombres se dirigieron al hotel cogidos del brazo. Había dejado por fin de llover, pero los adoquines mojados reflejaban las suaves luces de los globos de cristal esmerilado como si fueran estrellas familiares. Frau Sacher, con un habano entre los dedos, los recibió y los encomendó a un atento maître que los guió a través de la sala hasta una mesa discreta con un mantel blanco de damasco y decorada con rosas, a buena distancia de la tradicional orquesta cíngara. Lo que no impidió a la anfitriona acompañarlos.



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