
—¿El menú del archiduque, como de costumbre? —propuso riendo, pues era una broma habitual con los viejos clientes.
Se trataba, efectivamente, de la última cena degustada por Rodolfo dos o tres días antes de que se fuera a «cazar» a Mayerling. El mismo había elaborado el menú, que se componía de lo siguiente: ostras, sopa de tortuga, langosta a la armoricana, trucha con salsa veneciana, fricasé de codornices, pollo a la francesa, ensalada, compota, puré de castañas, helado, Sachertorte, queso y fruta. Todo ello regado con chablis, mouton-rothschild, champán Roedereret y jerez. Suficiente para saciar un apetito al estilo de Luis XIV.
—Hay que ser joven y archiduque para comer todo eso —dijo el Cojo—. A no ser que esté usted hambriento, querido príncipe. Yo soy bastante frugal.
Pidieron ostras, seguidas de un fricasé de codornices, una ensalada y la célebre tarta, todo acompañado de un buen champán.
Mientras su compañero intercambiaba unas palabras más con la anfitriona, Morosini lo observaba. Ese hombre jamás dejaría de ser un enigma para él. Pese a sus dos serios defectos físicos, puesto que era tuerto y cojo, encontraba la manera de crear diferentes personajes con unos medios en realidad bastante sencillos: una peluca, como esa noche, un sombrero, gafas oscuras o claras, un monóculo, la barba del sacerdote ortodoxo que había sido durante un rato en el cementerio de San Michele, en Venecia... Parecía capaz de llevar muy lejos el arte del maquillaje apenas visible, y sin embargo, fuera cual fuese la imagen elegida, nunca renunciaba al bastón de ébano con empuñadura de oro que podía delatarlo. ¿Se trataría de una especie de superstición o, también en su caso, de un recuerdo especialmente querido? Preguntar sobre ello sería una indiscreción, pero había otra cosa que intrigaba a Aldo: la voz de Simon Aronov, esa magnífica voz de terciopelo oscuro que le daba tanto encanto, ¿podía sufrir también transformaciones? No tardó en formular la pregunta, que tuvo el don de hacer reír a su compañero.
