—En ese aspecto también podría tener sorpresas, amigo mío. No sólo puedo cambiar de registro, sino adoptar diferentes acentos. Permítame, de todos modos, no hacerle una demostración aquí.

—No se me ocurriría pedírselo, pero quisiera hacerle otra pregunta: ¿cómo se las arregla para integrarse tan bien en el medio en que se encuentra? En Londres era un perfecto gentleman inglés. En Venecia, cualquiera habría jurado que venía directamente del monte Athos. Aquí encarna el prototipo del aristócrata vienés. Y le conocen. Supongo que vive algunas temporadas en esta ciudad. Pero en una ocasión me dijo que Varsovia era su residencia preferida. ¿Acaso posee una casa en cada capital?

—¿Igual que los marinos tienen en cada puerto una mujer? No. Tengo varias residencias, es verdad, pero aquí vivo en el palacio de un amigo fiel en el que se puede confiar plenamente, en Prinz Eugenstrasse.

Morosini levantó las cejas. Conocía Viena y a sus celebridades lo suficiente para no temer cometer un error. No obstante, bajó la voz hasta preguntar en un susurro:

—¿El barón de Rothschild?

—El señor Palmer no tiene ningún motivo para ocultarlo —dijo Aronov con una afabilidad indulgente—. El barón Louis, en efecto. Al igual que su difunto padre, lo sabe casi todo de mí, y yo sé que en caso de... producirse un drama, siempre podría encontrar asilo y apoyo en esa casa. Si necesita ponerse en contacto conmigo rápidamente, no dude en dirigirse a él. Bajo sus maneras mundanas, es un hombre muy piadoso y está dotado de un valor poco común.

—Lo sé. Hemos coincidido en alguna ocasión, pero confieso que me gustaría conocerlo un poco mejor. Aunque no tiene mucho más de cuarenta años, ya se ha convertido en una leyenda.



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