
Su memoria infalible le trazaba el retrato de un hombre delgado, rubio, elegante, de una imperturbable sangre fría y dotado de innumerables aptitudes. Además de ser un erudito muy versado en botánica, anatomía y artes gráficas, el barón Louis era un gran cazador, montaba a caballo como un centauro —era uno de los escasos jinetes que tenía permiso para montar los famosos Lipizzaners blancos de la escuela de equitación española de Viena— y era un notable jugador de polo. Pese a ser un soltero empedernido, adoraba a las mujeres, con las que tenía muchísimo éxito. En cuanto a la leyenda de su flema, había nacido antes de la guerra, siendo él todavía muy joven, a raíz de una avería de motor y de ventilación que se produjo durante la inauguración del metro de Nueva York. Al sacar de este mal trance a los viajeros, sudorosos, medio asfixiados y medio desnudos, el joven barón apareció tan pulcro como si acabara de pasar por las manos de su ayuda de cámara: no se había quitado ni la chaqueta ni el chaleco y, según los atónitos socorristas, no tenía «ni una gota de sudor en la frente».
—Estos días está cazando en Bohemia, pero quizá más adelante pueda reunirlos. Creo que él se alegrará mucho; ya le he hablado de usted.
—Y a los otros miembros de la familia, ¿también los conoce?
—¿A los franceses y a los ingleses? Perfectamente —dijo Aronov—. Aunque un poco menos que al barón Louis —añadió con una débil sonrisa—. Era íntimo de su padre y ahora lo soy de él. Pero hablemos un poco de usted. Parece que siguió mi consejo en lo que concierne a la bella lady Ferráis, ¿no?
Morosini se encogió de hombros.
—No tuve que esforzarme mucho. Después del juicio, que sin duda usted siguió, se marchó a Estados Unidos con su padre y no he tenido ninguna noticia de ella.
