—¿Cómo? ¿Ni siquiera unas palabras de agradecimiento? ¿Ni dos líneas por correo?

—Ni siquiera eso.

Aldo se había puesto tenso al pronunciar su compañero el nombre de la mujer a la que seguía sin poder olvidar del todo. Simon Aronov se dio cuenta.

—¿Y le resulta muy doloroso?

—Un poco, sí, pero con el tiempo se me pasará —afirmó Morosini atacando sus codornices.

Durante unos instantes los dos hombres comieron en silencio, dejando que los violines de la orquesta los envolvieran en su música, hasta que Aronov dijo:

—Ahora me toca a mí hacerle una pregunta. ¿Cómo está Venecia mientras Benito Mussolini reina en Roma?

—Igual de hermosa que siempre, tal como espera encontrarla un visitante ocasional o una pareja en su luna de miel —respondió Morosini con un suspiro—. Aparentemente, todo es normal, pero sólo aparentemente. Antes se veía deambular de vez en cuando a dos policías. Ahora suelen ser jovencitos con camisa y gorro negros. Van en parejas, como los otros, pero vale más evitarlos todo lo posible; creen que todo les está permitido y gustan de mostrarse agresivos en nombre de la mayor gloria de Italia.

—¿Usted no ha tenido problemas?

—No. Los empleados deben jurar fidelidad al nuevo régimen, es verdad, pero yo no soy más que un honrado comerciante que no busca pelea. Mientras me dejen viajar cuando quiera y llevar mis negocios como me parezca...

—Siga manteniendo esa actitud. Es más prudente.

En el tono repentinamente grave del Cojo había algo que impresionaba. Tras unos instantes de silencio, Morosini dijo:

—¿Recuerda que en Varsovia me anunció la llegada de una... orden negra capaz de poner en peligro la libertad?

—Y por causa de la cual debemos reconstruir el pectoral y resucitar cuanto antes Israel como Estado —completó Aronov—. ¿Va a preguntarme ahora si el Fascio es esa orden negra?



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