—Exacto.

—Digamos que es la primera manifestación de una enfermedad terrible, una primera ráfaga de viento antes de la tormenta. Mussolini es un histrión vanidoso que se cree César y que podría no ser más que Calígula. El verdadero peligro viene de Alemania; su economía está destrozada y sus fuerzas vivas, heridas. Un hombre casi iletrado, inculto, brutal pero grandilocuente y con un oscuro instinto orientado hacia la guerra va a esforzarse en resucitar el orgullo alemán glorificando la fuerza y excitando los instintos más detestables. ¿No ha oído hablar aún de Adolf Hitler?

—Vagamente. Hubo una manifestación la primavera pasada, creo. Algo bastante parecido a las demostraciones del Fascio, ¿no?

—Exacto. La aventura mussoliniana podría muy bien haber dado alas a Hitler. De momento todavía no es más que el jefecillo de una banda paramilitar, pero mucho me temo que un día eso se transformará en un maremoto capaz de engullir a Europa...

Con los dos codos apoyados en la mesa y la copa entre los dedos, Simon Aronov parecía haber olvidado a su compañero. Su mirada se perdía frente a él, en una lejanía a la que Morosini no tenía acceso, pero la crispación de su rostro bastaba para darse cuenta de que esa perspectiva no ofrecía ninguna imagen risueña. En el momento en que Aldo iba a hacer una pregunta, él añadió:

—Cuando sea el amo, y un día lo será, los hijos de Israel estarán en peligro de muerte. Y no sólo ellos, sino muchas más personas.

—En tal caso —dijo Morosini—, no hay tiempo que perder si queremos tomarle la delantera. Hay que completar el pectoral del Sumo Sacerdote cuanto antes.

Aronov esbozó una sonrisa.

—Así que cree en nuestra vieja tradición, ¿eh?

—¿Por qué no iba a creer en ella? —masculló Morosini—. De todas formas, y aun en el caso de que Israel no volviera a renacer jamás como Estado, si devolverlas a su sitio es el único medio de impedir que esas malditas piedras continúen haciendo daño, me consagraré a esa tarea en cuerpo y alma.



38 из 302