—¿Y cuándo nos vamos?

—Mañana, enseguida..., en el primer barco. ¡Y no ponga esa cara! Con la de cuerdas que ha tocado ya, ahora podrá ejercitarse en el manejo del pico y la pala. Después de sus hazañas como caco escalador, será un cambio.

Dos días más tarde, habían desaparecido, dejando tras de sí una montaña de lamentaciones y un gran vacío absolutamente palpable cuando Morosini y Guy Buteau se encontraron cara a cara en el salón de las Lacas, la estancia donde comían casi siempre. El antiguo preceptor también se mostraba sensible a la súbita desertización del palacio. Al finalizar aquella primera comida, expresó así su impresión:

—Debería casarse, Aldo. Esta gran morada no está hecha para albergar únicamente a un soltero y un solterón.

—Cásese usted, si es lo que le dicta el corazón. A mí no me tienta la idea.

Luego, tras haber encendido un cigarrillo con gesto indolente, añadió:

—¿No cree que somos un poco ridículos? Después de todo, nuestros invitados sólo llevaban aquí un mes largo, y antes creo recordar que vivíamos perfectamente bien.

Bajo su fino bigote gris, los labios del señor Buteau desplegaron una media sonrisa.

—Nunca estuvimos solos, Aldo. Antes teníamos a Mina. Creo que es a ella a la que más echo de menos.

Morosini cambió de expresión y apagó en un cenicero el cigarrillo que acababa de encender.

—Por favor, Guy, evitemos hablar de ella. Mina, no hace falta que se lo diga, no existía. Era una añagaza, el fruto del capricho pasajero de una chica rica que quería distraerse.

—No es usted justo y lo sabe. Mina..., o más bien Lisa, para llamarla por su verdadero nombre, nunca buscó aquí una distracción. Ella amaba Venecia, amaba este palacio, y quiso vivir aquí.

—Sí, vivir aquí y, disfrazada de sabihonda, examinarme como a un bicho raro a través de un microscopio desprovisto de benevolencia. Su veredicto no me ha sido favorable.



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