—¿Y el suyo, ahora que la conoce con su aspecto real?

—¡Qué más da! ¿A quién quiere que le interese?

—A mí, por ejemplo —dijo Buteau sonriendo—. Estoy convencido de que es la mujer que le conviene.

—Eso es cosa suya, pero como yo no opino lo mismo lo mejor es olvidarse del asunto. Más vale que nos vayamos a dormir. Mañana tendremos que poner al corriente al joven Pisani, y además de eso hay varias citas, así que será un día largo. Si ese muchacho trabaja bien, no tardaremos en olvidar a Mina.

De hecho, nada más verlo, Morosini estuvo seguro de que el nuevo fichaje le iría como anillo al dedo. Aquel joven veneciano rubio, cortés, bien educado, bien vestido y bastante parco en palabras no desentonaría entre los mármoles y los oros de un palacio transformado en tienda de antigüedades de primera clase. Incluso se integró con una naturalidad perfecta, pues sentía auténtica pasión por los objetos antiguos, sobre todo los procedentes de Extremo Oriente. En lo tocante a estos últimos, demostró una erudición que dejó a su nuevo jefe estupefacto cuando descubrió sobre una consola una vasija de celadón del siglo XVIII. Sin siquiera tomarse la molestia de darle la vuelta para buscar el nien-hao (el nombre del reinado), Angelo Pisani exclamó:

—¡Admirable! Esta vasija de triple gollete de la época Kien-Long, decorada en relieve con los diagramas talismánicos de las «verdaderas formas de las cinco montañas sagradas», es una pura maravilla. ¡No tiene precio!

—Pues así y todo yo pienso ponérselo —dijo Morosini—. Pero permítame que lo felicite. El señor Massaria no me había dicho que era usted un sinólogo tan experto.

—Tengo un poco de sangre de Marco Polo por parte de madre —explicó con modestia el nuevo secretario—. Seguramente mi atracción por esa cultura viene de ahí, pero también sé algunas cosillas sobre las antigüedades de otros países.



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