
Si esperaba desarmar a su cocinera-gobernanta, se equivocaba. Esta levantó la barbilla y contestó, con los brazos en jarras:
—Pues claro que le di una infusión. Una deliciosa mezcla de azahar, tila y majuelo con una pizca de valeriana. Estaba hecho un manojo de nervios; tenía que dormir... y sobre todo no tomarme la delantera. Yo quería verte a solas y la primera.
—Pues lo has conseguido, Celina —dijo Aldo, suspirando, mientras se sentaba a la mesa—. Y ahora, ¿qué te parece si nos sirves un desayuno como Dios manda mientras charlamos? Por lo menos no me acusarás de intentar mantenerte al margen.
—Yo nunca he dicho eso...
Iba a subirse otra vez a la parra cuando Aldo, exasperado, dio un puñetazo en la mesa y se puso a gritar:
—¿Va a decidirse por fin alguno de vosotros a decirme quién está durmiendo en la habitación de las Quimeras?
—Lady Ferráis —contestó Guy, endulzando con generosidad su café.
—Repítamelo —dijo Aldo, que creía haber entendido mal.
—¿Le parece necesario? Lady Ferrals en persona llegó ayer por la mañana anunciándose como su futura, e inminente, esposa y prácticamente exigiendo que se le ofreciera hospitalidad.
—¡Nada de prácticamente! —rectificó Celina—. Lo exigió diciendo que te pondrías furioso cuando regresaras si dejábamos que se instalara en otro sitio.
—Esto es demencial. ¿Y de dónde venía?
—Del Havre, adonde llegó hace poco en el paquebote France. Vino directamente aquí. Parecía inquieta, nerviosa, y se sintió muy decepcionada por su ausencia. Parecía como si no hubiera dudado ni por un instante de que estaba esperándola.
