—¿En serio? No la he visto desde... Londres, ¿y le parece raro que no esté aquí cuando ella decide presentarse? Es un poco excesivo, ¿no?

—A mí también me lo parece, pero ¿qué podía hacer? Por eso le mandé el telegrama.

—Hizo muy bien. Voy a aclarar todo este asunto.

—Lo que yo quisiera aclarar es lo que hay de verdad en todo esto —intervino Celina—. ¿Es tu prometida o no?

—No. Reconozco que el año pasado le propuse que se convirtiera en mi mujer, pero ese proyecto no pareció resultarle atractivo. De modo que no tienes ningún motivo para hacer las maletas, Celina. Mejor prepárame unos scampi para comer.

Morosini salió de la cocina y se dirigió hacia la escalera con la intención de ir a asearse un poco. En su habitación encontró a Zaccaria, ocupado en prepararle un baño como solía hacer siempre que volvía de viaje.

—Zaccaria, quisiera que fueses a saludar a lady Ferrals de mi parte y que le dijeras que tenga la amabilidad de reunirse conmigo a las diez en la biblioteca. ¿Entendido?

—Yo diría que está clarísimo. Un poco solemne, quizá.

El encargo no entusiasmaba al viejo mayordomo, quien, al contrario que su esposa, no discutía jamás una orden. Una vez que hubo cumplido ésta, volvió para decir que lady Ferráis estaba de acuerdo, sin más comentarios.

Aldo intentó disfrutar plenamente de su momento preferido del día, el del baño, fumando un cigarrillo mientras estaba sumergido en agua caliente perfumada con lavanda. Allí era donde reflexionaba mejor.

Durante todos los meses transcurridos, había pensado a menudo en Anielka. Con una irritación creciente, todo había que decirlo. El silencio en el que ella había decidido desaparecer después de que el tribunal de Old Bailey la absolviera, a Morosini le había parecido al principio sorprendente —se había tomado bastantes molestias para merecer al menos unas palabras de agradecimiento—, luego hiriente y, finalmente, francamente ofensivo. Y ahora la bella polaca se presentaba de repente en su casa y tenía la desfachatez de declararse su prometida, sin preocuparse lo más mínimo de los perjuicios que podía ocasionar.



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