—¿Y si y o estuviera viviendo con alguien? —dijo Morosini, indignado, concediéndose una segunda dosis de tabaco inglés—. ¡Es un golpe como para romper un matrimonio... o un embrión de matrimonio!

El enfado, convenientemente alimentado, lo acompañó mientras terminaba de lavarse y después se ponía una camisa azul claro y un traje de franela tan inglés como su tabaco. Cepilló su abundante cabello castaño que la cuarentena plateaba ligeramente en las sienes, lo que añadía un encanto suplementario a su rostro moreno, cuya sonrisa despreocupada, además de mostrar unos bonitos dientes blancos, atenuaba la arrogancia de la nariz y el brillo fácilmente burlón de los ojos, de un azul acerado. Dirigió una rápida y distraída mirada a su imagen y bajó a la biblioteca para encontrarse con la mujer que no sabía muy bien qué sentimientos iba a despertarle.

Como todavía no eran las diez, pensaba que llegaría antes que ella. Sin embargo, Anielka ya estaba allí. Eso lo contrarió, pero sólo por un instante; dado que no había hecho ningún ruido al entrar, tuvo ocasión de contemplar a esa joven que, a los veinte años, se las había arreglado para tener tras de sí un pasado cargado de acontecimientos y la sombra trágica de dos hombres: su marido, sir Eric Ferráis, el riquísimo comerciante de cañones asesinado por envenenamiento, y su amante Ladislas Wosinski, que se había ahorcado.

Había abierto uno de los cartularios y, de pie junto al gran mapamundi sobre soporte de bronce situado ante la ventana central, examinaba un mapa marino antiguo. Su fina silueta se recortaba armoniosamente contra la luz del sol y su imagen seguía siendo arrebatadora. Diferente, sin embargo, y Aldo no estuvo seguro de que ese cambio le gustara.



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