Desde luego, el vestido corto, de un color miel que hacía juego con los ojos de la joven, mostraba hasta las rodillas unas piernas preciosas, pero los hermosos cabellos rubios, que a Aldo siempre le habían parecido maravillosos, habían quedado reducidos a un pequeño casquete, sin duda a la última moda pero infinitamente menos favorecedor que el anterior corte. América y sus excesos, París y su independencia femenina habían pasado por ahí, y era una pena.

No obstante, pese a lo que él creía, Anielka debía de haberlo oído entrar. Sin apartar los ojos del venerable pergamino que contemplaba, dijo con la mayor naturalidad del mundo, como si hiciera sólo unas horas que no se habían visto:

—¡Tienes auténticas maravillas, querido Aldo!

—Esta biblioteca es la única estancia del palacio, junto con la habitación de mi madre, que dejé intacta cuando monté la tienda de antigüedades. Pero ¿te has tomado la molestia de venir hasta aquí para admirarlas? Hay museos más interesantes en el mundo.

Con una desenvoltura un tanto desafiante, Anielka dejó caer el antiguo portulano, que él atrapó al vuelo y fue a dejar en su sitio.

—Nunca me han atraído los museos; sabes muy bien que lo que a mí me gusta son los jardines. He cogido eso sólo para entretenerme mientras te esperaba, pero de todas formas sé reconocer el valor de las cosas.

—¡Nadie lo diría!

Volviéndose bruscamente, Aldo se apoyó en el mueble y preguntó con frialdad:

—¿A qué has venido?

Una sorpresa llena de inocencia agrandó más los ojos dorados de la joven.

—¡Vaya recibimiento! Confieso que esperaba algo muy distinto. ¿No hubo un tiempo en que te declarabas mi paladín, en que querías convencerme de que viniera contigo a Venecia, en que jurabas que, si me convertía en tu mujer, ya no tendría nada que temer?

—En efecto, pero ¿no decidiste tú, muy poco tiempo después, casarte con otro? Que yo sepa, continúas siendo lady Ferráis, ¿o estoy equivocado?



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