
—¿Y las piedras preciosas y las joyas antiguas? ¿Entiende también de eso?
—Nada en absoluto —admitió el joven con una sonrisa enternecedora—. Salvo en lo que se refiere a las joyas y los jades chinos, claro. Pero, si el señor Buteau tiene la amabilidad de iniciarme, seguro que aprendo deprisa.
Angelo hizo gala, efectivamente, de grandes aptitudes, y como en el aspecto administrativo poco era lo que había que enseñarle, Morosini se declaró satisfecho, si bien lamentaba que, al margen del trabajo, fuera prácticamente imposible conseguir que dijera tres palabras seguidas. Era una especie de sombra silenciosa en el palacio, eficiente pero nada entretenida, lo que hizo que Aldo añorase todavía más a Mina. Ella era viva en sus réplicas, muchas veces extravagante, y desde luego con ella uno se divertía.
Para tratar de salir del aburrimiento, tuvo una aventura con una cantante húngara que había ido a interpretar Lucia di Lammermoor en la Fenice. Era rubia, encantadora, frágil, se parecía un poco a Anielka y poseía una voz cristalina digna de un ángel, pero eso era todo lo que tenía de angelical. Aldo descubrió enseguida que la bella Ida era tan experta en amor como en contabilidad, que sabía distinguir perfectamente un diamante de un circón y que, en todo caso, no veía ningún inconveniente en añadir un título de princesa al de prima donna.
Poco deseoso de transformar a ese ruiseñor migratorio en gallina doméstica, Morosini se apresuró a hacerle renunciar a sus ilusiones, y el romance terminó una noche de junio en el andén de la estación de Santa Lucia con un regalo que incluía una pulsera de zafiros, un ramo de rosas y un gran pañuelo destinado al rito de la despedida, que el amante inconstante vio agitarse largo rato por la ventanilla bajada del sleeping mientras el tren se alejaba.
