
Al volver a su casa con una intensa sensación de alivio, Morosini encontró un poco menos amarga la soledad que Guy Buteau y él compartían con la curiosa impresión de estar aislados del resto del mundo.
Ello se debía sobre todo a las escasas noticias que llegaban de las personas queridas. Las arenas de Egipto parecían haber engullido a Vidal-Pellicorne, a la marquesa y a la señorita Plan-Crépin. El primero podía alegar como excusa lo absorbente de su profesión, pero las otras dos habrían podido enviar algo más que una postal en seis meses.
Ninguna noticia tampoco de Adriana Orseolo, la prima de Aldo. La bella condesa, que se había marchado a Roma el otoño pasado con la idea de que su sirviente —y amante— Spiridion Mélas recibiera clases de un maestro del bel canto, parecía haber desaparecido también de la faz de la tierra. Ni siquiera el anuncio de un robo en su casa consiguió de ella algo más que una carta dirigida al comisario Salviati para manifestarle su entera confianza en la policía de Venecia y declarar que estaba demasiado ocupada para ausentarse de Roma. De todas formas, el príncipe Morosini estaba allí para velar por sus intereses.
Un poco asombrado por semejante despreocupación —ni siquiera le había mandado una felicitación de Año Nuevo—, éste descolgó el teléfono y llamó al palacio Torlonia, donde supuestamente estaba instalada Adriana. Se enteró de que, tras una estancia de una semana, su prima se había marchado sin dejar dirección. Y, bajo el tono cortés de su interlocutor, a Morosini le pareció advertir que para los Torlonia había sido un alivio. Idéntico fracaso en casa del maestro Scarpini: el griego poseía una hermosa voz, sí, pero un carácter demasiado difícil para que fuera posible considerar la posibilidad de una estancia de varios meses en su compañía. Ignoraban adonde había encaminado sus pasos.
La primera reacción de Aldo fue enviar a su secretario a comprar un billete para la capital italiana, pero cambió de parecer; encontrar a la pareja en Roma dependía totalmente del azar, aparte de que ésta podía haberse ido a Nápoles o a cualquier otro lugar. Además, Guy, al ser consultado, sugirió que, puesto que la condesa había decidido desaparecer, la dejara vivir su aventura.
