Amadís se puso en pie completamente lleno de manchas. Titubeó, casi dispuesto a no presentarse en su oficina en semejante estado de suciedad, pero ¿qué diría el reloj controlador? Sintió molestias en el sartorio del muslo derecho y trató de clavarse un alfiler en la mejilla para quitarse el dolor; el estudio de la acupuntura, en las obras del doctor Borceguí de Moribundo, constituía uno de sus pasatiempos; desgraciadamente, no apuntó bien y se curó de una nefritis de pantorrilla que todavía no había atrapado. Todo lo cual le retrasó y, cuando llegó a la parada siguiente, encontró a muchas más personas aún que en la anterior, formando un muro hostil alrededor de la caja de los números de espera.

Amadís Dudu permaneció a una distancia respetuosa y aprovechó esos instantes de tranquilidad para intentar razonar sosegadamente:

– Por una parte, si seguía avanzando hasta la próxima parada, ya no valdría la pena coger el autobús, puesto que iría con tal retraso que…

– Por otra parte, si retrocedía, volvería a encontrar curas.

– Por último, quería coger el autobús.

Amadís rió sardónicamente, porque, a fin de no violentar nada, había eludido adrede cualquier razonamiento lógico. Volvió a emprender camino hacia la parada siguiente. Ahora andaba todavía más atravesado que antes y resultaba evidente que su cólera había continuado desarrollándose.

El 975 le zumbó en la oreja en el momento en que alcanzaba casi el poste de la parada, donde no había nadie esperando, y aunque Amadís levantó el brazo resultó demasiado tarde; el conductor ni le distinguió y rebasó la placa metálica indicadora, pisando alegremente el acelerador.



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