
– ¡A la mierda! -dijo Amadís Dudu.
– Verdaderamente -corroboró un señor, que apareció en ese instante tras él.
– ¡No me dirá usted que no lo hacen intencionadamente! -prosiguió Amadís, indignado.
– ¿Cómo, cómo? -dijo el hombre-. ¿Es que insinúa que lo hacen a propósito?
– ¡Estoy convencido! -dijo Amadís.
– ¿En el fondo de su corazón? -preguntó el señor.
– Con toda mi alma y conciencia.
– ¿Se atrevería a jurarlo?
– Por supuesto, ¡maldita sea! -dijo Amadís-. ¡No te jode el borrico este! ¡Sí, claro que lo juraría! Y, encima, ¡a la mierda!
– ¿Jura usted, por tanto? -dijo el señor.
– ¡Lo juro! -exclamó Amadís, escupiendo en la mano que el señor acercaba a sus labios.
– ¡Gorrino! Usted ha insultado al conductor del 975 y yo le pongo una multa.
– Ah, ¿conque sí? -dijo Amadís.
El chivato no parecía un alfeñique.
– Está usted hablando con una autoridad -y giró la visera de su gorra, que hasta entonces la había llevado puesta al revés.
Era un inspector del 975. Amadís lanzó rápidas miradas a izquierda y derecha y, al oír el característico ruido, saltó a un nuevo 975, que pasaba por su lado. De tal manera cayó que atravesó la plataforma trasera y se hundió varios decímetros en la calzada. Tuvo justo el tiempo de agachar la cabeza y la parte trasera se la sobrevoló durante una fracción de segundo. El inspector lo extirpó del agujero y le hizo pagar la multa. Durante ese tiempo, perdió otros dos autobuses, visto lo cual, se lanzó hacia la parada siguiente; y todo esto, que parece anormal, sin embargo es anormal.
Llegó sin tropiezos, pero se percató de que su oficina no estaba a más de trescientos metros; coger un autobús para eso…
Entonces, atravesó la calle y, por la acera opuesta, emprendió camino en dirección contraria, para cogerlo en un lugar desde donde mereciese la pena.
