Sullivan, una maravillosa novela negra, Escupiré sobre vuestras tumbas. Aún publicaría dos novelas más, la última estremecedora: La hierba roja y El Arrancacorazones. Un libro de relatos, Les fourmis, y otra recopilación hecha por su viuda. Le loup-garou, indican que, a falta de críticos y lectores, a Vian no le faltaron relaciones y amistades en las revistas, por lo general minoritarias, aunque también publicó en alguna del fuste de Combat o de Les Temps Modernes, cuyo famosísimo director no era otro que el Partre de La espuma de los días. Consta la fascinación que la literatura de Vian causó a Raymond Queneau, lo que no resulta extraño, si bien, como veremos, no faltó tampoco alguna curiosa incomprensión.

Lo más conocido de su producción teatral, que no fue escasa, siguen siendo Les bâtisseurs d'Empire y L'Equarrissage pour tous, obra esta última de la que Queneau cuenta que llegó a ser «interpretada por auténticos actores sobre un auténtico escenario». De los cientos de canciones que escribió en Le deserteur habría ganado algunos discos de oro, de haberse medido en aquellos años la popularidad por esas redondeces. Poemas y unas Crónicas de jazz, además de notables traducciones, deben añadirse a la lista para tener una idea somera de la grafomanía que sacudió permanentemente a este polígrafo.

– Prolífico y no grafómano, sería más exacto decir -dice la voz, que, por su aspereza y engolamiento, revela la sórdida sabiduría bachillera de quien se ha deteriorado el caletre en la traducción de El otoño en Pekín-. Probablemente aquella facilidad de escritura, aquella velocidad de redacción, aquella no voluntad de estilo, fueron causas determinantes del escaso aprecio de sus contemporáneos. La prosa narrativa de Boris Vian ofrece la peculiaridad de un léxico riquísimo y de una sintaxis paupérrima, si se me permite la distinción. Por lo que se debe concluir…



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