
Pues bien, ¿qué ocurrió para que hasta mediada la década de los 60 no se comenzasen a leer los libros de Boris Vian? ¿Por qué esa obra se ignora paradójicamente en el momento más oportuno para ser estimada? Por supuesto que Boris Vian no fue un escritor malogrado como René Daumal, ni difícil como Marguerite Yourcenar, ni arcaico como Pierre Gasear, ni maldito como tantos de esa condenada especialidad; ha sido en nuestro siglo uno de los escritores más tozudamente ignorados. En 1953 todavía le parece a Queneau El otoño en Pekín una novela difficile et méconnue. Y esto lo afirma en los años de la restauración de Céline y del inicio del nouveau roman precisamente uno de los más penetrantes ingenios de la novela francesa y quizá el único complementario de Vian. Pero justo diez años más tarde, en 1963, Maurice Nadeau, obligado al menos por profesión crítico-pedagógica a la sensatez, en un estudio de la novela francesa posterior a la guerra dedica a Vian una frase de veinte palabras, compartida con Ladislas Dormandi (…el gusto es mío…) y fechando El otoño en Pekín por su segunda edición.
