Ahora, una vez que el reconocimiento de la obra de Vian se ha producido, parece fácil iluminar esta historieta desdichada mediante el recurso de descubrir en Vian a un contemporáneo nuestro, a uno de esos escritores nacidos antes de tiempo. Sólo en parte y muy matizadamente puede admitirse que la literatura de Vian fuese un producto avant la page. Pero, sin dejar de ser un hombre muy de aquellos años, adelantó lo que aquel presente encerraba ya de este futuro en cuanto a una nueva sensibilidad.

– Le veo ponerse quevedesco con un desparpajo envidiable. O sea que, según usted, hacia 1947 podía ventearse ya mayo del 68.

Aquí radica quizá no sólo el misterio concreto de la obra de Vian, sino ese misterioso poder anticipatorio, premonitorio o no, del arte poético. Este fenómeno no es tan infrecuente en el dominio literario y, aunque indescifrable, no hay que recurrir a milagrerías para admitir que un novelista muy de su época, y en la lengua de su época, práctica e inconscientemente esté escribiendo para lectores de veinte años más tarde. Las variaciones de la sensibilidad pueden ser anticipadas (o acertadas, gracias al azar) siempre que el tema de la condición humana no le sea ajeno al escritor. Boris Vian compuso esas variaciones, de imposible asimilación en su tiempo, sobre la invariante de la condición humana, de su enfermo y jovial corazón.

– Le concedo a usted que sin pretenderlo, pero acaba de definir (un poco, en título de canción) lo que se llama obra clásica y de adjudicarle esa etiqueta a la obra de Boris Vian. Nada más incongruente, precipitado y que, dicho sea de paso, menos hubiese agradado al autor.

Efectivamente, cabe sospechar que Boris Vian no será un clásico, a menos que lo llegue a ser.



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