
Deirdre Hunt, o Laura Swan, o como se llamase, debía de haber sido, le pareció, una joven de muy buen ver, tal vez incluso hermosa. Era, o había sido, bastante más joven que Billy Hunt. El cuerpo no había estado sumergido en el agua tiempo suficiente para sufrir un deterioro serio; era, o había sido, de escasa estatura y bien modulada. Era el suyo un cuerpo fuerte, de músculos robustos, aunque de curvas delicadas y de planos bien tallados en los flancos y en las corvas. No tenía el rostro una osamenta tan fina como habría sido de suponer -su apellido de soltera, como vio Quirke en la documentación, era Ward, lo cual le hizo pensar en que tenía sangre de buhonero, o de gitano-, aunque sí tenía la frente despejada, amplia, y la melena de cabello cobrizo que le caía hacia atrás debía de ser magnífica cuando estuvo viva. Se la imaginó desparramada sobre las rocas húmedas de la orilla, una larga guedeja de esa melena enroscada al cuello como una fronda espesa de algas relucientes. Se preguntó qué podía haber empujado a aquella mujer hermosa, sana, joven, a arrojarse en una noche de verano, en la playa de Sandycove, a las negras aguas de la bahía de Dublín, sin más testigos de su acto que las estrellas relucientes y la mole ceñuda de la torre Martello allá arriba. Sus prendas de vestir, según le había dicho Billy Hunt, quedaron ordenadas en un montón junto a la pared del muelle. Ese era el único rastro que dejó de su desaparición, además de su coche, que Quirke tuvo la certeza de que era otro objeto del que estaba orgullosa, y que sin embargo dejó bien aparcado a la sombra de un lilo, en Sandycove Avenue. Su coche y su cabello: fuentes gemelas de vanidad. ¿Qué era lo que había hundido aquella vanidad?
Vio entonces la minúscula huella de un pinchazo en la cara interna del brazo, blanca como la leche.
