Aunque siempre fue plenamente consciente de lo atractiva que resultaba, nunca se las dio de estirada, ni fue una engreída. Sabía, por descontado, que los Bloques se le quedaban pequeños, y sólo era cuestión de tiempo que se largase de allí y que empezase su verdadera vida. Los Bloques… Alguna vez tuvieron que ser nuevos, seguro, pero ella no se lo imaginaba. ¿Quién sería el chistoso de la Corporación Municipal al que se le ocurrió la brillante idea de llamarlos «las Mansiones»? Los tabiques y el suelo eran delgados como el cartón -se oía a los vecinos de arriba e incluso a los de al lado cuando iban al retrete- y siempre había cochecitos de niño y bicicletas destartaladas en los rellanos, en los pasillos entre puerta y puerta, por donde correteaban los niños como salvajes y los gatos descarriados rondaban y maullaban, y las parejas de novios se toqueteaban en los rincones más oscuros. No había controles de ninguna clase -¿quién se hubiera encargado de aplicar las normas, caso de que las hubiera?- y los inquilinos hacían lo que les venía en gana. Los Goggin, en la cuarta planta, tenían un caballo en el cuarto de estar, un caballo grande, pinto; de noche, y a primera hora de la mañana, se oía el ruido que hacía con los cascos en las escaleras de cemento cuando Tommy Goggin y las mocosas de sus hermanas se llevaban al animal a que hiciera sus quehaceres y lo montaban un rato por el solar desierto que había detrás de la fábrica de galletas. Sin embargo, lo peor de todo, peor incluso que el frío en las habitaciones de techo bajo, peor que las cañerías que se estropeaban cada dos por tres, peor que la suciedad por todas partes, era el olor que se adhería a las escaleras y los pasillos, en verano y en invierno, el hedor marronáceo y cansino de los colchones con meadas y la hediondez de los váteres atascados, el olor, el olor exacto de lo que era la pobreza, un olor al que ella nunca podría acostumbrarse, nunca jamás.



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