Jugaba con los demás niños de su edad en la plaza polvorienta, a la entrada de los Bloques, en donde había unos columpios desvencijados y un balancín en el que había escritas guarradas de toda clase, y una verja de alambre que tendría que impedir que la pelota saliera rodando a la calle. Los chicos le daban pellizcos o empujones, y los mayores intentaron palparle por debajo de la falda, mientras las chicas hablaban de ella a sus espaldas y se conjuraban en su contra. Todo eso nunca le importó. Una vez, por Navidad, su padre volvió a casa con una cogorza y un regalo para ella, una bicicleta roja -seguro que robada, dijo su hermano Mikey con una risotada-, y ella se pasó el día andando en bici por la plaza donde jugaban, se pasó el día andando en bici durante una semana entera, aunque lloviese, hasta que con el Año Nuevo alguien se la robó y nunca más la volvió a ver. Enrabietada por haber perdido la bici se lió a tortas con Tommy Goggin, al cual le saltó un diente. «Ah, ésa es peor que un tártaro», dijo su tía Irene con los brazos cruzados sobre los pechos, voluminosos y caídos, y asintió malhumorada. Había en cambio momentos, en los anocheceres de verano, en los que se plantaba ante la ventana abierta del llamado cuarto de estar -en realidad, era la única habitación del piso, además de los dos dormitorios sin ventana, con el aire viciado, uno de los cuales tenía que compartir con sus padres- y saboreaba el olor delicioso y cálido que llegaba de la fábrica de galletas, y escuchaba el canto de un mirlo que se desgañitaba posado en un alambre tan negro como la misma ave, que parecía dibujada a tinta, con una pluma fina, sobre el rojo resplandor que se apagaba poco a poco en el cielo, más allá del campo de fútbol gaélico, y algo se henchía entonces en ella, algo secreto y misterioso, que parecía contener todas las abundantes e indefinidas promesas del futuro.



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