
Despedía ese olor, acalorado y crudo y salado, que Quirke reconoció al punto, el olor de los que recientemente han perdido a un ser querido. Estaba sentado en la mesa y se levantó como pudo, un abultado saco de pena, de tristeza, de rabia reprimida.
– No entiendo por qué lo hizo -dijo a Quirke con total desamparo.
Quirke asintió.
– ¿No dejó nada? -Billy lo miraba sin entender a qué estaba refiriéndose-. Quiero decir… una carta, una nota.
– No, no, nada de eso -esbozó una sonrisa torcida, casi avergonzada-. Ojalá hubiera dejado una cosa así.
Aquella mañana, una partida de números de la Garda había salido a la mar en lancha y habían rescatado el cuerpo desnudo de la pobre Deirdre Hunt entre las rocas de la orilla de Dalkey Island que daba más a tierra.
– Me llamaron para que la identificara -dijo Billy sin que abandonase sus labios aquella extraña sonrisa de dolor, que no era una sonrisa, con los ojos saltones, como si de nuevo viesen con perplejidad, con desaliento, lo que habían visto sobre la mesa del hospital, pensó Quirke, y lo que con toda certeza nunca dejarían de ver, al menos mientras siguiera con vida-. La llevaron a St. Vincent. Parecía otra, no se parecía en nada a la que… Creo que no la habría reconocido de no ser por el cabello. Siempre estuvo muy orgullosa de su cabello -sonrió como si pidiera disculpas, encogiendo sólo un hombro.
