
Quirke se acordó en esos momentos de una mujer muy gorda que se había arrojado a las aguas del Liffey, de cuya cavidad pulmonar, cuando la abrió por el medio y separó las dos mitades de la caja torácica, salieron a borbotones, con el abotargamiento de los bien alimentados de veras, una nidada de animalillos traslúcidos, de muchas patas, parecidos a las gambas.
Una camarera de uniforme blanco y negro, con cofia de doncella, se acercó a tomar nota de lo que quisiera Quirke. Lo agobiaban los aromas de los almuerzos, de las frituras y las cocciones. Pidió un té. Billy Hunt se había alejado al interior de sí mismo y, ausente, enredaba en los terrones de azúcar del cuenco, haciéndolos sonar.
– Es jodido -dijo Quirke cuando se marchó la camarera-. Quiero decir, identificar el cuerpo. Eso siempre es jodido.
Billy bajó la mirada, y el labio inferior se le puso a temblar. Se lo sujetó con los dientes en un gesto infantil.
– ¿Tienes hijos, Billy? -preguntó Quirke.
Billy, sin levantar la mirada, negó con un gesto.
– No -musitó-, no tengo hijos. Deirdre no estaba por la labor.
– ¿Y a qué te dedicas? Quiero decir… ¿en qué trabajas?
– Viajante de comercio. Productos farmacéuticos. Es un trabajo que me obliga a viajar mucho, por todo el país, también al extranjero, de vez en cuando a Suiza, si toca reunión en la sede central. Supongo que eso era parte de lo malo, que yo estuviera tanto tiempo fuera de casa. Eso, sumado a que ella no quisiera tener hijos -ahí viene, se dijo Quirke: el problema. Pero Billy sólo añadió-: Supongo que se sentía sola. Claro que nunca se quejó de nada -miró a Quirke de repente, como si lo desafiara-. Nunca se quejó de nada. ¡Nunca!
Siguió hablando de ella: cómo era, qué hacía. La expresión obsesiva que tenía en el rostro se tornó más intensa, y miraba de acá para allá con extraña actitud de apremio, como si algo le estorbase o quisiera que se posaran sus ojos en algo que no terminaba de estar en donde lo buscaba. La camarera llevó el té que había pedido Quirke. Se lo tomó bien negro, escaldándose la lengua. Sacó la pitillera.
