– Entonces… dime -dijo-¿por qué tenías tanto interés en verme?

Una vez más Billy bajó las pestañas pálidas y miró el azucarero. Una oleada de colores moteados ascendió desde el cuello de su camisa y lentamente le cubrió la cara entera, hasta el nacimiento del cabello, o incluso más arriba. Quirke se dio cuenta de que se había puesto colorado. Asintió sin decir nada e inspiró hondo.

– Quería pedirte un favor.

Quirke se quedó a la espera. El local se iba llenando a gran velocidad. Era la hora de almorzar y el ruido había alcanzado el nivel de un barullo variopinto y atronador. Las camareras circulaban veloces entre las mesas, con las bandejas marrones cargadas de platos: salchichas y puré de patata, pescado con patatas fritas, humeantes tazas de té, vasos de zumo de naranja recién exprimida. Quirke le tendió la pitillera en la palma de la mano y Billy tomó un cigarrillo como si apenas se diera cuenta de lo que estaba haciendo. Quirke accionó el encendedor, del que manó una llama. Billy se encorvó con el cigarrillo entre los labios, sujetándolo con dedos temblorosos. Luego se recostó en el respaldo como si acabara de quedar exhausto.

– A todas horas sales en los periódicos -le dijo-. Casos en los que intervienes -Quirke, incómodo, cambió de postura-. Aquello de la chica que murió cuando… Y la mujer a la que asesinaron. ¿Cómo se llamaban?

– ¿Quiénes? -preguntó Quirke sin que se le alterase el gesto.

– Aquella mujer de Stoney Batter. El año pasado, o hace dos, ¿no? Dolly… no me acuerdo qué -frunció el ceño, trató de acordarse-. ¿Qué fue de aquella historia? Salió en todos los periódicos, y de un día para otro no se dijo nada más, como si nunca hubiera pasado nada.



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