
– No tardan mucho los periódicos en perder todo interés -dijo Quirke.
A Billy se le acababa de ocurrir algo.
– Joder -dijo en voz queda, apartando la mirada-. Supongo que también darán la noticia de Deirdre.
– Podría hablar con el juez de instrucción, si quieres -dijo Quirke, aunque de un modo que sonó a equívoco.
Pero no eran las noticias de prensa lo que ocupaba los pensamientos de Billy. Se volvió a encorvar, de pronto muy atento, concentrado, y extendió una mano con urgencia, como si estuviera a punto de sujetar a Quirke por la muñeca o por una solapa.
– Lo que no quiero es que la corten -dijo con voz ahogada, ronca.
– ¿Que la corten?
– En la autopsia, o post mórtem, o como se diga. No quiero que se lo hagan.
Quirke aguardó un instante antes de contestar.
– No es más que un formulismo, Billy. Lo exige la ley.
Billy meneaba la cabeza con los ojos cerrados y la boca apretada en una mueca de dolor.
– No quiero que se lo hagan. No quiero que la rajen de arriba abajo, como si fuera una especie, un… eh… Como si fuera una res -se cubrió los ojos con la mano. El cigarrillo, olvidado, se le quemaba entre los dedos de la otra-. Ni siquiera soporto pensar en eso. Bastante terrible ha sido verla esta mañana… -apartó la mano y miró delante de sí como si fuera presa de un estupor invencible, de un asombro superior a sus fuerzas-. Pero pensar en que la pongan sobre una mesa, bajo una lámpara, con el cuchillo… Si tú la hubieras conocido, si supieras cómo era antes de… Y qué vitalidad tenía… -volvió a bajar la mirada y agachó la cabeza como si anduviera en busca de algo en lo que concentrarse, las tripas de una realidad corriente, de las que pudiera hacer corazón-. No lo puedo soportar, Quirke -dijo con ronquera, con una voz que apenas era un susurro-. Te lo juro por Dios, no puedo soportarlo.
