Quirke dio un sorbo de té, que ya estaba tibio, y notó acre el sabor del tanino en la lengua escaldada. No supo qué debía decir, ni qué iba a decir. Rara vez tenía contacto directo con los familiares de los muertos, aunque alguna vez éstos lo habían buscado, como era el caso de Billy, para que les hiciera un favor. Alguno quería que se ocupara de devolverles un recuerdo, una alianza matrimonial, o que les facilitase un rizo del difunto; una viuda republicana una vez le pidió que recuperase un fragmento de una bala disparada en plena guerra civil, que su difunto esposo había llevado cerca del corazón durante casi treinta años. Otros tenían peticiones más serias y menos luminosas: que las magulladuras perceptibles en el cuerpo de un niño muerto encontrasen explicación, que la repentina defunción de un padre o una madre de cierta edad, y además enfermos, se aclarase de inmediato, o que un suicidio fuese piadosamente encubierto. Pero nadie le había pedido nunca lo que estaba pidiéndole Billy.

– De acuerdo, Billy-le dijo-. Veré qué se puede hacer.

La mano de Billy en ese momento sí que tocó la suya, un roce levísimo, con las yemas de los dedos, a través de las cuales pareció descargar una corriente de alto voltaje efervescente.

– Tú no me vas a decepcionar, Quirke. Lo sé yo -dijo, y fue más una afirmación neutra que un ruego, aun cuando le temblase la voz:-. Aunque sea por los viejos tiempos. Aunque sea… -bajó la voz y aún dijo algo, a medias un sollozo, a medias una risa-. Aunque sea por Deirdre.

Quirke se puso en pie. Pescó media corona del fondo del bolsillo y dejó la moneda en la mesa, junto al plato de su taza. Billy volvía a mirar en derredor con inquietud, como haría un hombre que se palpase los bolsillos en busca de algo que no acertaba a encontrar. Había sacado un encendedor Zippo y abría y cerraba la tapa sin descanso, con inquietud. En la calva, entre las hebras de pelo escaso y claro, se le veían relucientes gotas de sudor.



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