
La enfermera estaba ante la pila, la tenía asida, y miraba la pared de estuco. Había retirado todos los espejos y los había apilado en una habitación vacía. Se agarró a la pila y movió la cabeza a un lado y a otro, seguida por la sombra en movimiento. Se mojó las manos y se peinó el cabello con los dedos hasta que estuvo completamente húmedo. Eso la refrescó y, cuando salió, agradeció con fruición el azote de la brisa, que apagaba el retumbar del trueno.
II. CASI UNA RUINA
El hombre de las manos vendadas llevaba más de cuatro meses en un hospital de Roma, cuando por casualidad oyó hablar del paciente quemado y la enfermera, oyó el nombre de ésta. Al llegar al portal, dio media vuelta y volvió hasta el grupo de médicos por delante del cual acababa de pasar para averiguar el paradero de aquella muchacha. Llevaba mucho tiempo allí recuperándose y lo tenían por asocial. Pero ahora les habló, les preguntó por la persona de ese nombre, cosa que les sorprendió. Hasta aquel momento no había pronunciado palabra, sino que se comunicaba por señas y muecas y de vez en cuando una sonrisa. No había revelado nada, ni siquiera su nombre, se había limitado a escribir su número de identificación, prueba de que había combatido con los Aliados.
Habían verificado su filiación y los mensajes llegados de Londres la habían confirmado. Tenía un cúmulo de cicatrices en el cuerpo, conque los médicos habían vuelto a reconocerlo y habían asentido con la cabeza ante las vendas. Al fin y al cabo, era una celebridad que quería guardar silencio, un héroe de guerra.
