
Así se sentía de lo más seguro, sin revelar nada, ya se acercaran a él con ternura, subterfugios o cuchillos. Por más de cuatro meses no había dicho ni una palabra. Cuando lo habían llevado ante ellos y le habían dado dosis periódicas de morfina para calmarle el dolor de las manos, era un gran animal, casi una ruina. Se sentaba en un sillón en la obscuridad y contemplaba el flujo y reflujo de pacientes y enfermeras que entraban y salían de los pabellones y los depósitos.
Pero ahora, al pasar ante el grupo de doctores en el vestíbulo, oyó el nombre de aquella mujer, aminoró el paso, se volvió, se acercó a ellos y les preguntó en qué hospital trabajaba. Le dijeron que en un antiguo convento, ocupado por los alemanes y convertido en hospital después de que los Aliados lo hubieran asediado, en las colinas al norte de Florencia. Sólo una pequeña parte había sobrevivido a los bombardeos. Carecía de seguridad. Había sido un simple hospital de campaña provisional. Pero la enfermera y el paciente se habían negado a marcharse.
¿Por qué no les obligaron a hacerlo?
La enfermera decía que aquel hombre estaba demasiado enfermo para trasladarlo. Desde luego, podríamos haberlo traído aquí sin riesgos, pero en estos tiempos no podemos ponernos a discutir. Ella tampoco estaba para muchos trotes.
¿Está herida?
No. Supongo que algo traumatizada por los bombardeos. Deberían haberla devuelto a su casa. El problema es que aquí ya se ha acabado la guerra. Ya no se puede conseguir que nadie haga nada. Los pacientes se marchan de los hospitales. Los soldados desertan antes de que los envíen de vuelta a casa.
¿Qué villa?, preguntó.
Una que, según dicen, tiene un fantasma en el jardín: San Girolamo. En fin, la muchacha tiene su propio fantasma: un paciente quemado. Tiene cara, pero resulta irreconocible. No le queda ningún nervio activo. Aunque le pasen una cerilla por la cara, no se le dibuja expresión alguna. Tiene el rostro insensibilizado.
