
¿Quién es?, preguntó.
No sabemos cómo se llama.
¿Se niega a hablar?
El grupo de médicos se echó a reír. No, sí que habla, no para de hablar, pero es que no sabe quién es.
¿De dónde procede?
Los beduinos lo llevaron al oasis de Siwa. Después estuvo un tiempo en Pisa y luego… Es probable que uno de esos árabes lleve puesto el marbete con su nombre. Tal vez lo venda y algún día lo recuperaremos o puede que nunca lo venda. Para ellos son valiosos amuletos. Ningún piloto que cae en el desierto regresa con su chapa de identificación. Ahora está alojado en una villa toscana y la muchacha se niega a abandonarlo. Se niega pura y simplemente. Los Aliados alojaron a cien pacientes en ella. Antes la habían ocupado los alemanes con un pequeño ejército, su último baluarte. Algunas habitaciones están pintadas, cada una con una estación diferente. Cerca de la villa hay una quebrada. Queda a unos treinta kilómetros de Florencia, en las colinas. Necesitará usted un permiso, desde luego. Probablemente podemos conseguir que alguien lo lleve en un vehículo hasta allí. Aún está espantoso todo aquello: ganado muerto, caballos sacrificados a tiros y medio devorados, gente colgada por los pies en los puentes. Los últimos horrores de la guerra. No hay la menor seguridad. Aún no han ido los zapadores a limpiar la zona. Los alemanes fueron enterrando e instalando minas a medida que se retiraban. Un lugar espantoso para un hospital. Lo peor es la fetidez de los muertos. Necesitamos una buena nevada para limpiar este país. Necesitamos la labor de los cuervos.
Gracias.
Salió del hospital al sol, al aire libre, por primera vez desde hacía meses, dejando tras sí las vitreoverdosas habitaciones que tenía como alojadas en la cabeza. Se quedó ahí aspirándolo todo, el ajetreo de todo el mundo. Primero, pensó, necesito zapatos con suela de goma y también un gelato.
En el tren, bamboleándose de acá para allá, le resultó difícil conciliar el sueño. Los demás viajeros del compartimento no cesaban de fumar. Se golpeaba con la sien en el marco de la ventana. Todo el mundo iba vestido de negro y el vagón parecía arder con todos los cigarrillos encendidos. Observó que, siempre que el tren pasaba ante un cementerio, todos los viajeros de su compartimento se santiguaban. Ella, tampoco está, para muchos trotes.
