Gelato para las amígdalas, recordó. En cierta ocasión había acompañado a una niña a la que iban a extirpar las amígdalas, y a su padre. Tras echar un vistazo a la sala llena de niños, se negó de plano. Aquella niña, la más dócil y afable que cabía imaginar, se volvió de repente como una roca de firmeza en su negativa, inflexible. Nadie le iba a arrancar nada de la garganta, aunque la ciencia así lo aconsejara. Viviría con ello, fuera cual fuese su aspecto. Él seguía sin saber lo que eran las amígdalas.

Qué extraño, pensó, en ningún momento me tocaron la cabeza. Los peores momentos fueron cuando se puso a imaginar qué le harían, qué le cortarían. En aquellos momentos siempre pensaba en la cabeza.


Una carrerita en el techo, como de ratón.

Apareció con su equipaje en el extremo del pasillo. Dejó la bolsa en el suelo y agitó los brazos por entre la obscuridad y las zonas iluminadas por la luz de las velas. Cuando se acercó a ella, no se oyeron ruidosas pisadas ni sonido alguno en el suelo y eso le sorprendió, le resultó en cierto modo familiar y reconfortante que se acercara así, en silencio, a la intimidad en que se encontraba con el paciente inglés.

Las lámparas del largo pasillo, cuando pasaba ante ellas, proyectaban su sombra por delante de él. La muchacha subió la mecha del quinqué, con lo que aumentó el diámetro de luz a su alrededor. Estaba sentada, inmóvil y con el libro en el regazo, cuando él se acercó y se acuclilló a su lado, como si fuera un tío suyo.


«Dime qué son las amígdalas.»

Ella lo miraba fijamente.



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