
Medio año antes, desde una ventana, al final del largo pasillo del Hospital Santa Chiara de Pisa, Hana había visto un león blanco. Se alzaba solitario en lo alto de las almenas, emparentado en color con el blanco mármol del Duomo y del Camposanto, si bien su tosquedad y su sencilla forma parecían de otra era, como un regalo del pasado que había de aceptarse. Y, sin embargo, para ella era lo más aceptable de todo lo que rodeaba aquel hospital. A medianoche, miraba por la ventana y sabía que se alzaba en la obscuridad del toque de queda y que, como ella, aparecería al alba, con el relevo. A las cinco o las cinco y media y después a las seis, alzaba la vista para ver su silueta, cada vez más precisa. Todas las noches era su centinela, mientras ella se movía entre los pacientes. El ejército, mucho más preocupado por el resto del fabuloso edificio -con la disparatada lógica de su torre inclinada, como una persona traumatizada por la guerra-, lo había dejado allí, incluso durante los bombardeos.
Los edificios del hospital se encontraban en terrenos de un antiguo monasterio. Los arbustos esculpidos durante miles de años por monjes más que meticulosos poco tenían ya que ver con formas animales y, durante el día, las enfermeras paseaban en sillas de ruedas a los pacientes por entre las formas desaparecidas. Parecía que sólo la piedra blanca fuese permanente.
También las enfermeras resultaban traumatizadas por el espectáculo de tantos moribundos a su alrededor. O por algo tan pequeño como una carta. Llevaban un brazo cortado por un pasillo o enjugaban sangre que no cesaba de manar, como si la herida fuera un pozo, y empezaban a no creer en nada, no confiaban ya en nada. Se quebraban como un hombre al desactivar una mina, en el preciso segundo en que su geografía estallaba. Como Hana en el Hospital Santa Chiara, cuando un oficial recorrió el corredor entre cien camas y le entregó una carta en la que le anunciaban la muerte de su padre.
