Un león blanco.

Poco después se había encontrado con el paciente inglés: alguien que parecía un animal quemado, tenso y obscuro, para ella como un estanque. Y ahora, meses después -acabada ya la guerra para ellos por haberse negado los dos a regresar con los demás a la seguridad de los hospitales de Pisa-, era su último paciente en la Villa San Girolamo. En todos los puertos, como Sorrento y Marina di Pisa, multitudes de soldados norteamericanos y británicos esperaban ahora a que los enviaran de vuelta a casa. Pero ella lavó su uniforme, lo plegó y se lo devolvió a las enfermeras que se marchaban. La guerra no ha acabado en todas partes, le dijeron. La guerra ha acabado. Esta guerra ha acabado. Esta guerra de aquí. Le dijeron que equivaldría a una deserción. No es una deserción. Me voy a quedar aquí. Le advirtieron que quedaban minas por desactivar, que no había agua ni comida. Subió al piso superior y dijo al hombre quemado, el paciente inglés, que también ella se quedaría.

Él no dijo nada, pues ni siquiera podía mover la cabeza hacia ella, pero deslizó sus dedos en la blanca mano de Hana y, cuando ésta se inclinó hacia él, metió sus obscuros dedos por entre su cabello y sintió frescor en el valle que formaban.

¿Qué edad tienes?

Veinte años.

Él le contó que un duque, cuando estaba agonizando, quiso que lo llevaran hasta media altura de la torre de Pisa para morir contemplando la lejanía.

Un amigo de mi padre quería morir bailando el Shanghai. No sé lo que es. Él mismo acababa de oír hablar de ello.

¿Qué hace tu padre?

Está… está en la guerra.

Tú también estás en la guerra.

Aun después de un mes, más o menos, de cuidarlo y administrarle las inyecciones de morfina, no sabía nada de él. Al principio se sentían cohibidos los dos, tanto más cuanto que ahora estaban solos. Después vencieron de repente la timidez. Los pacientes, los doctores, las enfermeras, el equipo, las sábanas y las toallas: todo regresó, colina abajo, a Florencia y después a Pisa. Ella había ido haciendo acopio de morfina y tabletas de codeína. Contempló la partida, la fila de camiones. Bueno, pues adiós. Agitó la mano desde la ventana para despedirse y después cerró las contraventanas.



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