Detrás de la villa, se alzaba una pared de piedra por encima de la casa. Al oeste del edificio había un largo jardín cercado y, a unos treinta kilómetros, se encontraba, como una alfombra, la ciudad de Florencia, que con frecuencia desaparecía bajo la bruma del valle. Corría el rumor de que uno de los generales que vivían en la antigua Villa Mediéis contigua se había comido un ruiseñor.

La Villa San Girolamo, construida para proteger a los habitantes de la diabólica carne, tenía el aspecto de una fortaleza asediada y los bombardeos de los primeros días habían arrancado las extremidades a la mayoría de sus estatuas. Apenas parecía haber línea divisoria entre la casa y el paisaje, entre el edificio dañado y los restos, quemados y bombardeados, de la tierra. Para Hana, los jardines, invadidos por la vegetación, eran como otros cuartos de la casa. Trabajaba en sus lindes, atenta siempre a las minas sin estallar. En una zona de suelo fértil contigua a la casa, pese a la tierra quemada, pese a la falta de agua, se puso a cultivar con una pasión frenética que sólo podía asaltar a quien se hubiera criado en una ciudad. Un día habría una enramada de tilos, habitaciones de luz verde.


Caravaggio entró en la cocina y encontró a Hana sentada e inclinada sobre la mesa. No podía verle la cara ni los brazos, remetidos bajo su cuerpo, sólo la espalda y los brazos desnudos.

No estaba inmóvil ni dormida. Con cada estremecimiento, su cabeza se agitaba sobre la mesa.

Caravaggio se quedó ahí. Quienes lloran consumen más energía que con ningún otro acto. Aún no había amanecido. Su cara se recortaba sobre la obscura madera de la mesa.



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