«Hana», dijo y ella se inmovilizó, como si la inmovilidad pudiera camuflarla. «Hana.»

Ella empezó a gemir para que el sonido fuese una barrera entre ellos, un río cuya orilla opuesta no pudiese él alcanzar.

Al principio, él vaciló ante la idea de tocarla, desnuda como estaba, dijo «Hana» y después le posó su vendada mano en el hombro. Ella no cesó de estremecerse. La pena más profunda, pensó él. Cuando la única forma de sobrevivir es excavarlo todo.

Se levantó con la cabeza aún gacha y después se apretó contra él, como para vencer la atracción -como de imán- de la mesa.

«Si vas a intentar follarme, no me toques.»

Tenía pálida la piel por encima de la falda, su única vestimenta en aquel momento, como si se hubiera levantado de la cama, se hubiese vestido a medias y hubiera ido a la cocina, donde la hubiese arropado el aire fresco procedente de las colinas que entraba por la puerta.

Tenía la cara roja y mojada.

«Hana.»

«¿Entiendes?»

«¿Cómo es que lo adoras tanto?»

«Le quiero.»

«No es que le quieras, le adoras.»

«Vete, Caravaggio, por favor.»

«No sé por qué te has atado a un cadáver.»

«Es un santo. Estoy convencida. Un santo desesperado. ¿Existe cosa semejante? Nos inspira el deseo de protegerlo.»

«¡A él ni siquiera le importa!»

«Soy capaz de quererle.»

«¡Una muchacha de veinte años que se aparta del mundo para amar a un espectro!»

Caravaggio hizo una pausa. «Tienes que protegerte de la tristeza. La tristeza está muy próxima al odio. Déjame decirte algo que he aprendido. Si te tomas el veneno de otro, por creer que compartiéndolo puedes curarlo, lo único que conseguirás es almacenarlo dentro de ti. Aquellos hombres del desierto fueron más listos que tú. Consideraron que podía ser útil y lo salvaron, pero, cuando dejó de ser útil, lo abandonaron.»

«Déjame en paz.»


Cuando estaba sola, se sentaba y notaba un cosquilleo en el tobillo, humedecido por las altas hierbas del huerto. Peló una ciruela que había encontrado y se había guardado en el bolsillo de su vestido de algodón obscuro. Cuando estaba sola, intentaba imaginar quién podría llegar por la antigua carretera bajo la verde cúpula de los dieciocho cipreses.



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