Cuando el inglés se despertó, ella se inclinó sobre su cuerpo y le colocó un tercio de la ciruela en la boca. Él la sujetó con la boca abierta, como si fuera agua, sin mover la mandíbula. Parecía que iba a echarse a llorar de placer. Ella sintió cómo tragaba la ciruela.

Él alzó la mano y se enjugó la última gota del labio, hasta la que no llegaba su lengua, y se llevó el dedo a la boca para chuparlo. Te voy a contar una historia sobre ciruelas, dijo. Cuando yo era niño…


Después de las primeras noches, después de haber quemado la mayoría de las camas para protegerse del frío, Hana había cogido la hamaca de un muerto y había empezado a usarla. Clavaba escarpias en cualquier pared que le apeteciera, en la habitación en que deseara despertar, flotando por encima de toda la suciedad: la cordita y el agua de los suelos, las ratas que habían empezado a bajar del tercer piso. Todas las noches trepaba a la fantasmal línea caqui de la hamaca que había pertenecido a un soldado muerto, uno de los que ella había atendido.

Un par de zapatillas de tenis y una hamaca eran su único botín en aquella guerra. Se despertaba bajo la transparencia de la luz de la luna en el techo, envuelta en la vieja camisa que siempre se ponía para dormir, tras dejar su vestido colgado de un clavo junto a la puerta. Ahora hacía más calor y podía dormir así. Antes, cuando arreciaba el frío, habían tenido que quemar algunas cosas.

Su hamaca, sus zapatillas y su vestido. Se sentía segura en el mundo en miniatura que se había construido: los otros dos hombres parecían planetas distantes, cada cual en su esfera de recuerdos y soledad.



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