
Pensaba en Caravaggio: había personas a las que no se podía por menos de abrazar, de un modo o de otro, por menos de morder en el músculo, para conservar la salud mental en su compañía. Había que agarrarlas del cabello y mantenerse aferrado a él como un náufrago, para que te llevaran consigo. De lo contrario, podrían venir caminando por la calle hacia ti y, estando casi a punto de saludar con la mano, saltarse una tapia y desaparecer durante meses. Para ella, él había sido el tío que no cesaba de desaparecer.
Caravaggio te perturbaba con el simple gesto de envolverte en sus brazos, en sus alas. Te abrazaba una personalidad. Pero ahora yacía en la obscuridad, como ella, en algún punto recóndito de la gran casa. Conque allí estaba Caravaggio y también el inglés del desierto.
Durante toda la guerra, con todos sus pacientes más graves, Hana había sobrevivido manteniendo una frialdad oculta bajo su papel de enfermera. Sobreviviré a esto. No me desmoronaré ante esto. Durante toda la guerra, por todas las ciudades hacia las que se habían acercado lentísimamente y habían dejado atrás -Urbino, Anghiari, Monterchi-, hasta que entraron en Florencia y continuaron adelante y, por último, alcanzaron la otra orilla del mar, cerca de Pisa, no dejó de repetirse esas palabras para sus adentros.
En el hospital de Pisa había visto por primera vez al paciente inglés: un hombre sin rostro, una poza de ébano. Toda posible identificación había quedado consumida por las llamas. Habían rociado algunas partes de su cuerpo y su rostro quemados con ácido tánico, que, al endurecerse, formaba un caparazón protector sobre su piel en carne viva. La zona alrededor de los ojos estaba cubierta por una capa de violeta de genciana. No le quedaba nada reconocible.
