
«Son cómodas. Como guantes.»
«¿Cómo ocurrió?»
«Me sorprendieron saltando de la ventana de una mujer. La mujer de que te hablé, la que tomó la foto. No fue culpa suya.»
Ella le cogió el brazo y le dio friegas en el músculo. «Déjame hacerlo.» Le sacó las manos vendadas de los bolsillos de la chaqueta. A la luz del día las había visto grises, pero con aquella luz resultaban casi luminosas.
Mientras Hana deshacía las vendas, él iba retrocediendo, con lo que el blanco salía de sus brazos, como si fuera un truco de magia, hasta que quedó liberado de ellas. Ella se acercó al tío de su infancia, vio en sus ojos la esperanza de que se cruzaran con los suyos para instarla a aplazarlo, por lo que ella lo miró directamente a los ojos.
Caravaggio tenía las manos juntas formando un cuenco. Ella se las cogió, mientras acercaba la cara a su mejilla, y después la apretó contra su cuello. Al tacto parecían firmes, curadas.
«La verdad es que tuve que negociar para que me dejaran esto.»
«¿Cómo?»
«Con las habilidades que entonces tenía.»
«Ah, ya recuerdo. No, no te muevas. No te apartes de mí.»
«Es un momento extraño, el final de una guerra.»
«Sí. Un período de adaptación.»
«Sí.»
Él alzó las manos como para introducir el cuarto de luna en el cuenco que formaban.
«Me cortaron los dos pulgares, Hana. Mira.»
Le colocó las manos delante de los ojos para enseñarle lo que ella tan sólo había vislumbrado. Volvió una mano como para mostrarle que no era un truco, que lo que parecía una branquia era el punto en el que habían cortado el pulgar. Le acercó la mano a la blusa.
Ella sintió que la tela se levantaba por debajo del hombro, cuando él la cogió con dos dedos y tiró de ella despacio hacia sí.
«Así es como aprecio el algodón.»
«Cuando era niña, siempre te imaginaba como Pimpinela Escarlata y en mis sueños subía de noche a los tejados contigo. Llegabas a casa con fiambres en los bolsillos, estuches de lápices y partituras de piano para mí.»
