
Hablaba a la cara de él, sumida en la obscuridad, con la boca oculta por la sombra de unas hojas, como el encaje de una mujer rica. «Te gustan las mujeres, ¿verdad? Te gustaban.»
«Me gustan. ¿A qué viene el pretérito?»
«Ahora parece algo carente de importancia, con la guerra y demás.»
Él asintió con la cabeza y la sombra de las hojas dejó de recortarse en su cara.
«Eras como esos artistas que sólo pintan de noche y su luz es la única encendida en la calle. Como los buscadores de gusanos con sus viejas latas de café atadas a los tobillos y la linterna del casco enfocando la hierba: por todos los parques de la ciudad. Me llevaste a aquel sitio, aquel café en el que los vendían. Según dijiste, era como la Bolsa, porque el precio de los gusanos no cesaba de bajar y subir: cinco centavos, diez centavos. La gente se arruinaba o amasaba fortunas. ¿Recuerdas?»
«Sí.»
«Acompáñame hasta la casa, que empieza a hacer frío.»
«Los grandes carteristas nacen con los dedos índice y medio casi de la misma longitud. No necesitan introducirlos demasiado en un bolsillo. ¡Qué diferencia supone media pulgada!»
Se dirigían hacia la casa, bajo los árboles.
«¿Quién te lo hizo?»
«Buscaron a una mujer, una de sus enfermeras, para hacerlo. Les pareció más tajante. Me ataron las muñecas a las patas de la mesa. Cuando me cortaron los pulgares, mis manos los dejaron escapar, impotentes. Como un deseo en un sueño. Pero el hombre que la mandó llamar (Ranuccio Tommasoni) fue el auténtico responsable. Ella era inocente, nada sabía de mí, ni mi nombre ni mi nacionalidad ni lo que podía haber hecho.»
Cuando llegaron a la casa, el paciente inglés estaba gritando. Hana se apartó de Caravaggio, que la vio subir corriendo la escalera, con sus zapatillas de tenis centelleando, mientras ascendía y giraba a lo largo de la barandilla.
