La voz resonaba en toda la casa. Caravaggio entró en la cocina, arrancó un trozo de pan y siguió a Hana escalera arriba. Al acercarse, los gritos se volvieron más intensos. Cuando entró en el cuarto, el inglés estaba mirando un perro, que tenía la cabeza vuelta hacia atrás, como aturdido por los gritos. Hana miró a Caravaggio y sonrió.

«Llevaba años sin ver un perro. En toda la guerra no he visto ninguno.»

Ella se acuclilló y abrazó el animal, le olfateó el pelaje y percibió dentro de él el olor a hierbas de las colinas. Dirigió el perro hacia Caravaggio, que le ofrecía el trozo de pan. Entonces el inglés vio a Caravaggio y se quedó boquiabierto. Debió de parecerle que el perro -ahora oculto por la espalda de Hana- se había convertido en un hombre. Caravaggio cogió en brazos el perro y salió del cuarto.


He estado pensando, dijo el paciente inglés, que ésta debió de ser la habitación de Poliziano y esta que ocupamos su villa. El agua que sale por esa pared es aquella fuente antigua. Es una habitación famosa. Todos ellos se reunían aquí.

Era un hospital, dijo ella en voz baja. Antes, mucho antes, fue un convento. Después lo ocuparon los ejércitos.

Creo que ésta era la Villa Bruscoli. Poliziano: el gran protégé de Lorenzo. Hablo de 1483. En Florencia, en la iglesia de la Santa Trinitá, se puede ver el retrato de los Mediéis con Poliziano, ataviado con capa roja, en primer plano. Un hombre tan brillante como terrible. Un genio que se abrió camino hasta la cima de la sociedad.

Hacía rato que habían dado las doce de la noche y volvía a estar completamente despierto.

Muy bien, cuéntame, pensó ella, llévame a alguna parte, sin poder quitarse aún de la cabeza las manos de Caravaggio, quien probablemente estuviera ahora dando algo de comer al perro vagabundo en la cocina de la Villa Bruscoli, si es que se llamaba así.



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