Era una vida terrible. Dagas, política, sombreros pomposos, medias guateadas y pelucas. ¡Pelucas de seda! Naturalmente, después, poco después, apareció Savonarola y encendió su Hoguera de las Vanidades. Poliziano tradujo a Hornero. Escribió un gran poema sobre Simonetta Vespucci, ¿sabes quién es?

No, dijo Hana riendo.

Hay retratos de ella por toda Florencia. Murió de tuberculosis a los veintitrés años. Poliziano la hizo famosa con Le Stanze per la Giostra y después Botticelli pintó escenas de esa obra y Leonardo también. Todos los días Poliziano daba dos horas de clase en latín por la mañana y dos en griego por la tarde. Tenía un amigo llamado Pico de la Mirándola, personaje desaforadamente mundano que de repente se convirtió y se unió a Savonarola. Ese era mi apodo de niño: Pico.

Sí, creo que sucedieron muchas cosas aquí. La fuente en la pared. Pico, Lorenzo, Poliziano y el joven Miguel Ángel. Sostenían el nuevo mundo en una mano y en la otra el viejo. En la biblioteca figuraban los cuatro últimos libros de Cicerón, tenazmente buscados. Importaron una jirafa, un rinoceronte, un dodó. Toscanelli trazó mapas del mundo basados en la correspondencia con los mercaderes. Se sentaban en este cuarto junto a un busto de Platón y pasaban toda la noche discutiendo.

Y después se elevaron por las calles los gritos de Savonarola: «¡Arrepentios, que se acerca el diluvio!» Barrió con todo: el libre albedrío, la aspiración a la elegancia, la fama, el derecho a venerar a Platón tanto como a Cristo. Llegaron las hogueras: la quema de pelucas, libros, pieles de animales, mapas. Más de cuatrocientos años después abrieron las tumbas. Los huesos de Pico se habían conservado. Los de Poliziano habían quedado reducidos a polvo.

Hana escuchaba al inglés, que pasaba las páginas de su cuaderno de apuntes y leía los pasajes de otros libros que había pegado en ellas: sobre los grandes mapas perdidos en las hogueras y la quema de la estatua de Platón, cuyo mármol se exfolió con el calor, las grietas en el saber cuyas detonaciones en forma de crónicas precisas les llegaban desde la vertiente opuesta del valle, mientras Poliziano olfateaba el futuro en las colinas cubiertas de hierba. También Pico, en algún punto de allá abajo, en su gris celda, lo observaba todo con el tercer ojo de la salvación.



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