Vertió un poco de agua en un cuenco para el perro, un chucho viejo, más viejo que la guerra.

Se sentó con la garrafa de vino que los monjes del monasterio habían dado a Hana. Era la casa de Hana y él se movía por ella con cautela, sin alterar nada. Advertía su refinamiento en las florecillas silvestres, los regalitos que se hacía a sí misma. Incluso en el jardín invadido por la vegetación se encontraba con medio metro cuadrado cortado con sus tijeras de enfermera. Si él hubiese sido más joven, ese detalle le habría bastado para enamorarse.

Ya no era joven. ¿Cómo lo vería ella? Con sus heridas, su desequilibrio, sus rizos grises en la nuca. Nunca se había considerado un hombre al que la edad pudiera aportar la sabiduría. Habían envejecido todos, pero él seguía considerándose desprovisto de la sensatez que acompaña a la edad.

Se acuclilló para observar cómo bebía el perro. Al erguirse, perdió el equilibrio, se agarró in extremis a la mesa y volcó la garrafa de vino.

Te llamas David Caravaggio, ¿verdad?

Lo habían esposado a las gruesas patas de una mesa de roble. En determinado momento, se incorporó abrazando la mesa y chorreando sangre por la mano izquierda e intentó cruzar corriendo con ella la estrecha puerta, pero se cayó. La mujer se detuvo, tiró el cuchillo y se negó a seguir. El cajón de la mesa se deslizó y cayó contra su pecho, con todo lo que contenía, y él pensó que tal vez hubiera una pistola con la que defenderse. Entonces Ranuccio Tommasoni recogió el cuchillo y se le acercó. Caravaggio, ¿verdad? Aún no estaba seguro.

Estando bajo la mesa, le cayó en la cara la sangre de las manos y tuvo una súbita idea práctica.



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