Deslizó una esposa fuera de la pata de la mesa, lanzó la silla lejos de un golpe para ahogar el dolor y después se inclinó hacía la izquierda y se sacó la otra esposa. Ahora todo estaba cubierto de sangre. Sus manos habían quedado ya inutilizadas. Durante los meses siguientes se dio cuenta de que sólo miraba los pulgares de la gente, como si el único cambio producido por aquel incidente hubiera sido el de volverlo envidioso. Pero, en realidad, le había hecho envejecer, como si durante la noche que había pasado sujeto a aquella mesa le hubieran administrado una solución que hubiese reducido su rapidez mental.

Se quedó aturdido junto al perro, junto a la mesa empapada de vino tinto. Dos guardias, la mujer, los teléfonos sonando e interrumpiendo a Tommasoni, quien soltó el cuchillo, murmuró, cáustico: Disculpadme, y, tras levantar el auricular con su ensangrentada mano, escuchó. Nada había dicho, pensaba Caravaggio, que pudiera resultarles útil, pero, en vista de que lo dejaron marcharse, tal vez anduviera errado.

Después se había dirigido por la Vía di Santo Spirito al único lugar que mantenía oculto en su cabeza. Pasó por delante de la iglesia de Brunelleschi, camino de la biblioteca del Instituto Alemán, donde conocía a alguien que lo atendería. De repente comprendió que ésa era la razón por la que lo habían dejado marcharse y caminar en libertad: para que les revelara ese contacto. Giró por una calle lateral sin mirar atrás en ningún momento. Buscaba una fogata callejera para restañar sus heridas, mantenerlas por encima de una caldera de alquitrán a fin de que el negro humo le envolviese las manos. Se encontraba en el puente de la Santa Trinitá. A su alrededor, no había tráfico ni nada, cosa que le extrañó. Se sentó en la tersa balaustrada del puente y después se tumbó. No se oía sonido alguno. Antes, cuando iba caminando con las manos en los bolsillos, había advertido un gran movimiento de tanques y jeeps.



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